APÓLOGOS, LEYENDAS Y MITOCRÓNICAS

El frijol

 

Por mucho que se concentraba hacia adentro y se ensimismaba, no hallaba su auténtico yo.

Era un hombre adulto y convencional pero a la vez único y raro, de decir: ¡qué tipo tan raro! Presentaba siempre, tanto en sus facciones como en sus atuendos, un garbo como de niño acabado de despertar. Era un aire que lucía desde que nació, con aquel viento de abril que le meció en la cuna.

Además de raro para los demás era enigmático para sí, pues tenía el convencimiento de que todo lo que de él se sabía, todo lo que conocía y recordaba, todo lo que le habían contado sus progenitores y allegados sobre su pasado, desde cuando era criatura sin andar, y todo lo que le adivinaban los visionarios sobre su futuro no era más que una pátina superficial de hechos vulgares y anodinos que no daban para penetrar en su esencia ni revelar su verdad más verdadera.

 

I

Estaba estirado en el diván y el reloj daba las cinco de la tarde, con prudencia. Yacía en un diván de cuero repujado en arabescos ornamentales y con las patas cortas de madera tallada barrocamente.

Sonámbulo y meditabundo, iba explicando sueños, tabús y represiones, ideas fugaces y demás ensoñaciones y fantasías que nunca se sustanciaron. También explicaba miedos, sudores, prevenciones y recitaba de corrido los precios de las casas y las joyas que nunca pudo comprar, los nombres de la mujeres a las que jamás conquistó sin pagar y, de este modo, sus frustraciones en general.

Sentado a sus espaldas, el psiquiatra lucía un traje muy inglés, con pajarita de cuadros y una pipa, también muy inglesa, a juego. Mientras le escuchaba, entornaba los ojos y cabeceaba cada poco como para caer en el sopor, pero siempre despertaba a tiempo y se enderezaba. Era una rara habilidad para admirar en él y, por ello, era un doctor de mucho prestigio, reputado y respetado.

Al paciente, lo que más le intrigaban eran unos sueños recurrentes que una noche detrás de otra le asaltaban y no le abandonaban durante horas, o eso le parecía cuando despertaba. Estaba convencido de que en esos sueños se encontraba alguna traza esencial de su auténtico yo.

Soñaba que no se había preparado para algún examen riguroso. A veces se veía como un niño de parvulario, otras como estudiante universitario cursando varias licenciaturas, en ocasiones se estaba preparando para el carnet de salir al volante por las carreteras, también se visualizaba como concursante de un programa de televisión de preguntas y respuestas para eruditos muy memoriados en algún tema.

En ocasiones se fantaseaba desdoblado, frente a frente, tomándose el examen y haciéndose preguntas básicas, unas inequívocas y otras perplejas. Por ejemplo: ¿En qué año nació alguien?; ¿cuántas patas tiene un equistrópodo?; ¿y un enetrópodo?; ¿quién fundó la ciudad a la que nadie dio nombre ni lugar?; ¿quién inventó la terromilonubina?; ¿y la selisaroturina?; ¿en qué lugar nació un nonato?; ¿y dos nonatos?; ¿en qué deporte sobresale un recordman de salto corto?; ¿qué es el sol, una persona, una animal o una cosa?; ¿y si es un animal, por qué es redondo y no cuadrado?; ¿a qué familia de invertebrados pertenecen las hojas de los árboles?; ¿cuántas líneas de la vida hay en las manos de un ciempiés?; ¿cuántas oraciones tenemos que rezar y qué otras penitencias nos tenemos que autoimponer para que Dios perdone a la humanidad todo el mal que le hicimos a Fulgencio?… y más así.

Despertaba cuando, ante la inminencia de la prueba, tomaba conciencia de que no sabía nada de lo que le pudieran preguntar y, por ello, huía del sueño hacia la realidad, atravesando las ganas que tenía de seguir durmiendo bien desmadejado entre las sábanas.

Inquiría asiduamente al doctor si aquellos sueños, que no paraban, podrían simbolizar algo realmente importante de su personalidad, algo que se acercara a un yo sin artificio. Y la respuesta era siempre la misma, aunque con diferentes palabras y diversas sintaxis que no daban para nada excitante: para el psiquiatra, las historias repetidas que el inconsciente le producía sólo indicaban que no había alcanzado el conocimiento de algún rincón profundo y decisivo de su espíritu. Aquel diagnóstico le hacía más evidente que no se había encontrado a sí mismo, a pesar de la edad, la obcecación y los intentos. Con el veredicto del psicoterapeuta, tan sabio y alegórico, no había ningún avance pues volvía de nuevo al punto de partida de donde nacía su desconcierto.

 

II

Partió lejos, con el convencimiento de que cuanto más distancia mayor sosiego y espacio para hallarse. Llegó a países que ni siquiera aparecían en Google Heart. Países de aeropuertos de pasto, con cebús rumiando por en medio de las pistas de aterrizaje. Tierras de raras costumbres, como acostarse y no levantarse o sudar hasta que el bochorno de la temperatura y la humedad se hubieran disipado. Ese momento tan deseado sólo un día allí se dio y hacía milenios, tantos que nadie lo recordaba. Pero ese día fue real y hay registros, recientemente descubiertos, en los estratos geológicos.

Atravesando un riachuelo encontró a un anciano que, casi desnudo si no fuera por un turbante en la cabeza y unos calcetines en los pies, abrevaba en las aguas que corrían con la lentitud de la llanura. Le preguntó si conocía, por las proximidades o más allá, a alguien que fuera como él, pero menos afectado y más natural. El viejo le susurró que a alguien había visto con su misma nariz, pero sin afeitar. Allá, detrás de las colinas, pero no tan allá como para que no pudiera llegar caminando, aunque tardara más de treinta días. Detrás de las colinas a nadie encontró y se encaminó por otro sendero en busca de nuevas pistas para seguir.

Y de esta forma se pasó varios años vagando entre unos parajes y otros, a veces en villas de caña, en ocasiones en selvas detrás de desiertos. Él preguntaba por sí mismo y unos le respondían una cosa, otros otra, a todos les recordaba a alguien e iba, desvencijado, dando tumbos de cientos de kilómetros en busca de cualquiera, que al verlo, le revelara su verdadera identidad.

En una sola circunstancia estuvo convencido de haber dado con su yo mismo, sin mediaciones. Descubrió a un personaje que era igual a él, aunque entero de otro color. Además, tal individuo fue capaz de explicarle sus vidas anteriores y todas las que le vendrían hasta fusionarse con el espíritu universal. También le dio bien de comer y le trataba como a un hermano. Compartían lo que hubiera, cantaban en las noches y el tiempo se les pasaba veloz. Pero quien parecía su auténtico yo se enamoró de una campesina de aldea y le abandonó para andar de boda con ella y para después labrar la tierra y criar hijos hasta la vejez. Y aquel no podía ser su verdadero sí mismo, éste no hubiera planeado nunca una vida tan banal y vacía de todo arrebato, tan igual a tantas otras, tan previsible y hecha de momentos siempre repetidos. Además, su auténtico yo nunca le hubiera abandonado. Aquel hombre no era lo que buscaba. Pero nadie se le acercó tanto. Y con esta conclusión regresó a su hábitat de siempre, donde nació y creció y en donde, hasta entonces, tampoco se había hallado.

III

Nadie se conoce del todo si no se enfrenta, alguna vez, con una situación extrema en la cual reaccionar de manera en que pueda sorprenderse. Los que se creen cobardes descubren que son valientes; los que se consideran generosos se ven egoístas y despreciables; a los que siempre se les ha tenido por aguerridos se vuelven adalides de la paz, la negociación y el sometimiento; los guapos se convierten en feos; los feos en adonis y los adonis en migrañosos. Y viceversa, en casi todos los casos.

Decidió experimentar una prueba excesiva y en el límite. Planeó asesinar a alguien, a quien fuera, quienquiera que pasara por el puente de las vías en la noche, cuando por allí cruzara el ferrocarril de carga, para no ser visto por la oscuridad ni oído por el estruendo. Lo previó todo de manera exhaustiva sobre el qué hacer, sobre lo que seguramente pensaría y sobre las emociones que le sacudirían en el momento de encarar al otro y apretar el gatillo de una pistola que compró de contrabando. Se imaginó miedoso y aturdido, temblando por lo que iba a hacer y sin atinar el disparo en el objetivo. También preparó un plan de huida que no le serviría de nada porque del atolondramiento con seguridad se caería por el puente abajo y sobreviviría al golpe, de milagro, para salir corriendo. Después se figuró escondido debajo de su cama durante bastantes fechas hasta que se le hubiera pasado el susto de lo que había hecho y hasta que a los telenoticias y a la policía se les hubiera olvidado el caso. Esto había vaticinado y ello era así por lo que de sí sabía. Llegado el momento, sin dudar, algún hecho propio totalmente imposible de predecir le asombraría y su realidad más escondida saldría a la luz para deslumbrarle en lo bueno o en lo malo.

En la fecha elegida, llegó al puente en la noche. Alguien apareció al tiempo que un ferrocarril pasaba. Con la pistola en la mano salió al paso del andante, consciente de que eso era lo que había decidido. Por el sobresalto del sistema nervioso temblaba y, después de disparar, la bala ni se sabe dónde fue a parar. Recordó lo que había diseñado hacer para evadirse del lugar, pero en la carrera tropezó y se volcó por la baranda del puente hasta caer cerca de las vías. No se mató, aún no se explica cómo, pero las pieles se le hicieron tiras y con ellas a rastras galopó como un poseso hasta llegar a su domicilio. Y allí pasó muchos días y meses, debajo del somier del catre, esperando que todo se hubiera olvidado.

Y tanto afán para nada, porque había sido tan predecible en los hechos que ni una brizna de su sí mismo, sin duda oculto, había hecho acto de presencia en ningún momento impredecible. De buen seguro su sí mismo estaba agazapado y no había manera de hacerle salir.

IV

En un día sombrío de invierno, cuando las avutardas de los parajes cercanos iniciaban su migración al sureste, se estiró sobre la cama pensando abrirse en canal. No para un suicidio ritual sino para la búsqueda interior. Por si encontraba algo de él que fuera inaudito a la vez que trascendente. Una víscera rara pero vital, un pensamiento extravagante que le recorriera el estómago, algo en la sangre fluyente que le fuera revelador. Era una habitación frugal en la que, además de la cama, sólo había una silla y un armario con espejo en el que mirarse y que, como todos, duplicaba cualquier cosa que le fuera frontal. Una vez estirado, se apuntó al bajo vientre con una navaja muy elegante. Ya estaba casi a punto de rajarse como a un cerdo en día de matanza, pero tenía invitados en casa a los que había dejado solos tomando un té y reflexionó que no fuera a ser que abrieran la puerta y le encontraran allí despanzurrado sobre el colchón. ¡Qué vergüenza! En una situación como esa, ¿qué escusa podría argumentar para que todo pareciera de lo más normal? Por ello, optó por mirarse otra vez al espejo que, aunque más plano y exterior, resulta más habitual y razonable. Se rastreó bien en todos sus aspectos por delante, por detrás con el cuello girado de mala forma, se puso a cuatro patas y de cuclillas para observarse desde distintas perspectivas, pero no dio con nada que le llevara a cualquier asunto que no conociera de sobras.

Las avutardas ya volaban hacia las islas más pequeñas de Indonesia y se hacía de noche. A aquella hora optó por despedirse de los invitados y después estirarse sin pijama y dormir.

V

Como en cada momento actuaba, de una forma u otra, impelido por las circunstancias, según la situación y los interlocutores, era obvio que en ninguna ocasión era tal como era porque siempre algo le afectaba de tal manera que no podía ser él mismo con total libertad y al margen de toda influencia. Ni siquiera cuando estaba solo porque, además de que Dios le vigilaba en todas las horas, él también se evaluaba de corrido y controlaba que lo que hiciera no fuera cualquier cosa sino que tuviera sentido y no hubiera desperfectos. Por ejemplo, si estaba en una habitación entraría y saldría de ella por la puerta y no atravesando una pared, que es asunto más difícil y muy doloroso si se intenta con ahínco.

Decidió, pues, actuar sin tomar en consideración lo que le rodeara o lo que los otros razonablemente esperaran de él. Por ejemplo, un día que vio al lado opuesto de la calle a un tipo al que despreciaba, en lugar de saludarle de lejos con cara de buena persona, como hacia habitualmente en estos casos, cruzó la acera y le dio dos sopapos. El otro se revolvió y le propinó varias patadas en la cara y otra en los testículos. Él acabó retorciéndose, tirado en el suelo, mientras pensaba que no podía ser que se viera reaccionando, de manera tan dependiente y presumible, a la paliza que le propinaba un cualquiera. Ese no podía ser su auténtico yo, pues allí, doliéndose de los golpes, estaba en extremo influenciado por una somanta puramente circunstancial.

Muchos más percances tuvo a lo largo de los días siguientes. En un accidente de patinete con motor, casi se mata y casi mata a un abogado. También acabó despedido de la empresa en la que se ganaba el sueldo, por culpa de una lengua suelta y viperina que hasta entonces nadie le conocía. El capataz de la obra donde él cundía con su labor era declaradamente fascista. Entre otros detalles, cada mañana le hacia el saludo romano con el brazo levantado. Un día, en pleno ritual mussoliniano, él se soltó y le llamó fascista. Como consecuencia de tamaña afrenta, de allí le enviaron directamente a la calle de una patada en el culo. Y todo lo que ocurría como resultado de sus hechos y ocurrencias espontáneas, le influenciaba sobremanera y, aunque pretendía que su yo real aflorara sin trabas, finalmente se veía constreñido por la fuerza de los otros y por el hecho de que las cosas eran como eran y no de ninguna otra forma.

Decidió crear un espacio neutro, ausente de todo exterior y de cualquier influjo. Construyó un cubículo de tres por cuatro por dos por uno y medio. Todo blanco y acolchado para evitar los ruidos y las desgracias. Un espacio vacío, sin muebles ni objetos de ninguna especie. Cerrado total, sellado y clausurado, aislado al máximo y extremadamente etéreo y abstracto, con una materialidad tendente a la nada. Aquel era el laboratorio de la mismidad, allí donde el auténtico yo no se vería coartado por las evidencias foráneas.

Una vez dentro y completamente desnudo, se dispuso a observarse en lo que ocurriera. Se pasó las primeras tres horas de pie. Después cansado, se sentó y apoyó la nuca contra la pared mullida. Cómo no sabía qué hacer y se aburría sobremanera, comenzó a recordar momentos y a pensar en lo que haría cuando saliera de allí. Al final se durmió, con un sueño de muchas horas. Cuando despertó tenía un hambre voraz. Comenzó a hacer ejercicios físicos para no entumecerse y con las mismas pautas continuaron las siguientes horas, sin que se le viniera ninguna idea significativa y sin decidir nada en concreto sobre cómo actuar más allá de lo obvio y lo cansino.

Cuando decidió que ya era suficiente y que lo mejor era salir de allí, no sabía cuántas horas o días habían transcurrido. Desorientado y maltrecho, caminando por la calle miró su reflejo en la luna prístina de un escaparate, por si advertía algún cambio primordial y, una vez que se reconoció con el mismo aspecto de siempre sólo variado por el tono del cristal, se dirigió ya directamente hacia su casa, para reponerse, triste y totalmente decepcionado por los magros resultados de su experimento psicosocial.

VI

Conoció a una mujer con la que de inmediato congenió y también a otra que le pareció demasiado epicúrea y carnal y un poco sinvergüenza. A la primera, la amó perdidamente. A las mujeres, de manera invariable, se las ama perdidamente o locamente, nunca se dice que se las ama lisiadamente o con poca legibilidad, por ejemplo. Sin embargo, fue un amor torcido que no llegó a nada por falta de bidireccionalidad.

Se sentía sólo. Y no únicamente le faltaba a su lado la mujer de sus anhelos y su yo más verdadero, sino que, además, carecía de muchas otras compañías, como algún amigo, alguna amiga, alguna amiga de su prima de Brooklyn, cualquier compañero del parque para las tardes o un barman que le hiciera buenos daiquiris.

Para solucionar la tristeza, acabó adoptando a dos hermanas adolescentes en el mercado negro de trata de blancas. Las cuidaba durante el día, por las noches no, en la nocturnidad salía a las calles y se daba aventuras sin límites y, con un traje de superhéroe de color calabaza, prendía ladrones, criminales, banqueros y gatos escandalosos del maullido, además de proteger a pájaros sin nido y a doncellas poco precavidas que estaban a punto de ser descubiertas.

Sus dos hijas eran preciosas. Una morena con el cabello rizado de dar vueltas que marean, la otra rubia con una melena lacia que caía en picado. La rubia se vocacionó en las artes escénicas y, en cuanto cumplió los dieciocho, se matriculó en una escuela de teatro con harto prestigio. Su papá adoptivo vio en ello la ocasión de volver a ahondar en su yo. Sobre las tablas cada actor interpreta diferentes papeles y hoy es un rey absolutista y francés, mañana un mendigo ruin, al cabo de un tiempo un mafioso grasiento de la gran cantidad de grasa que llega a comer y al otro día una vaca que da poca leche. De manera que de hurgar en diferentes personalidades quizás en alguna de ellas encontraría el lugar en el mundo que fielmente le correspondiera.

Acompañaba a su hija allí donde iba a representar alguna obra, clásica o de vanguardia, y siempre complementaba al elenco de actores con soberbias actuaciones. Improvisar era lo que mejor se le daba y cuando se soltaba casi siempre superaba con creces el texto que el autor había preparado con finura y solvencia de literato. Hubo un momento en que empezó a rapear casi sin querer. Le salió natural y fresco, de forma que las rimas y el ritmo fluían y no paraban. La primera vez que lo hizo fue con una puesta en escena, barroca y monumental, de En attendant Godot, pero donde ocurrió que se coronó del todo fue en un simple ensayo de La Cantatrice Chauve. Todos los ídolos del hip hop coincidieron en sus halagos y los mejores DJs e ingenieros de sonido le colocaron, a las declamaciones, bases musicales que realzaban su brillo hasta límites sobrenaturales. Así de genial era lo que le salía.

Pero la fama no era lo que deseaba, ni las muchedumbres de los estadios aplaudiéndole, ni las cantidades millonarias de oyentes en Spotify. En cuanto se cansó de probar personajes en los escenarios sin que ninguno se le ajustara en lo más íntimo, dejó el teatro. Decidido y drástico era en sus asuntos. No había ni un papel, en la literatura dramatúrgica universal, en el que hubiera descubierto una personalidad como para decir: “¡Éste sí que soy yo!”

La hija actriz acabó en Londres con un actor de calle inglés y la otra montó un negocio de panes y peces y de convertir el agua en vino en el mercado central de una ciudad, muy pía, del Piamonte.

 

VII

En un espectáculo de sábado por la noche, en una sala de fiestas, admiró a un mentalista que hacía de todo con la mente y con los ojos y las manos. Con los pies, fundamentalmente, andaba, además de apoyarse sobre ellos para mantenerse erguido y para levantarse de sentado en cualquier sitio. Era un mentalista que adivinaba pensamientos y también leía pasados y futuros en las caras de los que se dejaban. Pero su especialidad era la hipnosis. Ponía en escena un número convulsivo en el que a una mujer le hacía creer que era una gallina y la pobre mujer cacareaba, corría con las alas abiertas por el escenario y, para finalizar, ponía un huevo. Era un escándalo, porque para lo del huevo la señora se bajaba las bragas. Después el número continuaba con una gallina a la que también sugestionaba y, del efecto, se comportaba como una doncella muy educada. Iba de compras de ropa cara, estudiaba artes y cantaba piezas de la actualidad musical más vanguardista. Además, mantenía amplias conversaciones sobre el cambio climático, las políticas de salud pública y otros asuntos de idéntico tenor, aunque su tema preferido eran los métodos de contracepción y el feminismo, sobre todo el feminismo en su relación con la ideología liberal.

Fue a visitar al metalista, directamente a su casa. Antes consiguió su número de teléfono y le pidió audiencia. La casa estaba en los arrabales de la ciudad, un poco más lejos y más a la izquierda de lo que todo hubiera hecho suponer y de lo que usted mismo llegó a pensar. Eran calles sin alcantarillado, con las aguas residuales de cloacas al descubierto que se desparramaban por doquier y, por ello, había muy malos colores. Además, olía fatal. La casa era de madera y destartalada. Era una vivienda en serie, igual que las que la acompañaban en la vecindad y, como consecuencia, el entorno tenía una apariencia de orden y uniformidad que no se correspondía con el espíritu de sus gentes. Antes de entrar, había que pasar un corredor hecho de tablas clavadas que cubría no se sabía muy bien qué y subir unas escaleras que era evidente que llevaban a la puerta de entrada. Dado que no había timbre, ni campana, ni nada para avisar que alguien había llegado, era necesario avisar dando voces. En el conjunto de las casas era igual y, por ello, todos sabían en aquel barrio quién tenía visitas y quién se pasaba la vida esperando a quien nunca llegaba.

El mentalista le invitó a pasar al salón. Era lúgubre y repleto de objetos avejentados. Lo más inquietante era una cabeza de muerto que colgaba de una lámpara. El resto no daba mucho miedo, aunque sí escalofríos, como unas cuantas palomas sin pescuezo rodeadas de moscas alborotadas. Se sentó intranquilo, pero decidido a que aquel hombre tan singular, fidedigno de puro menesteroso, le entresacara la verdad de dentro.

Además del manipulador del entendimiento, corría por la sala un brujo con plumas de guacamayo en la cabeza y la cara pintarrajeada de figuras indescifrables en negro y rojo. Saltaba mencionando conjuros y haciendo sus abluciones, pero ello no era nada para entrometerse pues iba a lo suyo y cada uno podía estar para lo que quisiera sin prestar atención a lo ajeno que allí ocurriera.

Convenció al mentalista para que le hipnotizara y así surgiera su yo mismo de inmediato. Dado que no recordaría nada de lo que le ocurriera, pidió que le gravara con su teléfono móvil, para después poder verse y oírse y así conocer lo que había acontecido y presenciar la evidencia de su secreta realidad.

Del trance hipnótico al que el mentalista le condujo, salió sin voluntad ni conocimiento y sólo sabe que una vez de nuevo en toda su consciencia, por no llevar en los bolsillos todo el dinero que su anfitrión le pedía por el servicio, tuvo que dejar allí también sus pantalones, la ropa interior, un reloj de oro que la hija rizosa, la más dulce, le había regalado por su último cumpleaños y hasta la camisa.

Tapándose los genitales y el trasero con las manos, llegó a su casa de una veloz carrera que le dejó sin respiración, tanto que por poco se queda exánime en alguna calzada o en cualquier paso de peatones en rojo para los de a pie. Cruzaba por entre los automóviles haciendo filigranas y requiebros o por encima. Era pudoroso en demasía de sus partes y muy mal se sintió en aquel endemoniado trayecto.

Una vez en su sala doméstica, mediante el ordenador portátil, enchufó su móvil al televisor para ver y oír mejor, más grande e inmenso, lo que había sucedido. En la pantalla aparecía él sentado y con la cabeza ladeada sobre el hombro derecho, los ojos descansando los párpados y la saliva que le caía por un lateral de los labios entreabiertos.

Súbitamente, abría los ojos enormemente con las pupilas fijadas en nada y la boca también. Y de su interior emergían sonidos broncos y guturales, aunque con voluntad expresiva: “Grrrrrrrrraaacias, amigoooooooossssssssssss, grrrrrrrrra, grrrrrrrrrrrra, oooooooo, grrrrrrrra, grrrrrrrrra, ooooooooo”. Y con el último “ooooooooooo…” que no acababa, caía entero sobre el hipnotista y con los dientes apretados, la nariz fruncida y los ojos desorbitados, intentaba estrangularlo con sus propios pies. Pero, entretanto que se daba a la violencia aterradora, del fondo le salió otra voz, esta vez dulce y sinuosa, como de niña inocente y festiva, que susurraba algo así como: “Benditos sean los inofensivos porque de ellos será la herencia de Warren Buffett. Dichosos los apiadados porque ellos recibirán integras las palizas de todos los personajes que Sylvester Stallone haya interpretado. Venerables los que hablen con amor universal porque de verdad que ellos no saben lo que dicen…”. A una voz le seguía la otra y por momentos parecía que fueran simultáneas. Se interrumpían y batallaban por el protagonismo de las cuerdas vocales y el conducto bucofaríngeo. Él mismo, como centro de la batalla, se pegaba golpes de cabeza contra las paredes y contra el fregadero y puñetazos en el mentón y los pómulos. Finalmente, exhausto y magullado, cayó al suelo y se hizo el silencio.

Así se vio en la pantalla desde su sillón preferido, aquel que le aguantaba todos los cansancios y todas las noches sin dormir. No entendía lo que había ocurrido, no sabía interpretar aquello sin que le horripilara desesperadamente. Comenzó a sospechar que su yo más auténtico tenía una naturaleza esquizoide o, como mal menor, temía que fuera un ente diabólico que jugaba con él a la ventriloquía pavorosa para que no pudiera tener paz nunca más.

Desde aquel día se atormentaba oyendo, en el interior de su cráneo las voces que no cesaban o que, si lo hacían, volvían a los pocos instantes con más ímpetu y determinación. No siempre se revolcaban en una lucha incomprensible, eventualmente también dialogaban como personas adultas y educadas e intercambiaban pareceres sobre los últimos partidos de futbol entre equipos de renombre internacional o sobre la actualidad política y los debates parlamentarios. También, a menudo hablaban de sus relaciones y negociaban qué espacio ocupaba cada una en la mente del huésped o en qué orden iban a intervenir, aunque fuera atropelladamente, en la siguiente ocasión en que entablaran alguna trifulca.

Bebió agua bendita, se flageló con ristras de ajos, se tragó una bala de plata, se clavó crucifijos por el torso y las plantas de los pies, también en la muñeca, por donde la gente se suele suicidar; oró, rezó e imploró el nombre de Dios y de su Hijo nuestro Señor. Aunque las voces no huían, pareciera que, cuando se procuraba estos rituales, remitían y hablaban más bajo y en menor tiempo. Además, se notaba que entonces se manifestaban más tímidas y apocadas y casi se disculpaban. También, si decían alguna mala palabra, algún sacrilegio o blasfemia, pedían previamente permiso. Así, cuando él se hacía respetar, las voces se conducían con educación. La más varonil y bronca, repetía frases como: “Por favor, señor, ¿puedo tratarle a usted de ´hijo de la gran puta, cucaracha sin patas’?” y otras del mismo género.

Finalmente, se puso en manos de un exorcista. Era un cura de sotana negra y cabeza preconciliar pero muy expeditivo y con ideas propias. Le pidió que para el día del ritual se preparara, dos semanas antes, con ayuno de purificación corporal y con confesión diaria en la catedral, que durmiera bien y que no condujera por la línea central de las autopistas ni visitara burdeles baratos.

Cuando llegó la hora, la ceremonia fue fulgurante y de suma contundencia. El eclesiástico ató al atormentado en un poste, bien sujeto de manos, boca y pies para que no pudiera escaparse, ni siquiera removerse ni tampoco proferir sonido alguno. A continuación, se colocó delante de él a unos dos metros de distancia, sacó un enorme rifle de repetición de entre los hábitos y le apunto a la cabeza diciendo: “O juras que te olvidas ahorita mismo de estas tonterías de película de terror serie B, o aquí te descerrajo un tiro en toda tu linda cara, que no te reconocerá ni tu madre del amasijo de sangre, carnes, huesos y cartílagos en que todo se te va a quedar”. Como el atado sólo acertaba a poner ojos de incrédulo y aterrado, pero sin gesticular, con la cabeza, la afirmación que se le demandaba, el cura le disparó un tiro bien ajustado que le arrancó media oreja al tiempo que le decía: “¡Y ahora, primero te sodomizo con la culata del rifle y después te meto una bala por el recto que te va a reventar las entrañas!”. Del susto se desmayó.

Desde aquella circunstancia extrema, nunca más volvió a escuchar ninguna voz, ni demoniaca ni angelical, y se concentró en cosas tan aburridas y triviales como encontrar un trabajo para comer y pagar la casa o cambiar el colchón de la cama con muchos años, que por ello hacía montañas duras y valles hundidos y no le dejaba descansar lo que debía.

 

VIII

Notaba circunstancias extrañas en su día a día. En momentos pensaba que eran imaginaciones suyas y, en otros, que más que datos constatables eran presagios o inventivas pormenorizadas.

Una madrugada llegó a su casa y vio huellas que alcanzaban hasta la puerta de entrada y salida, después desaparecían, no se podía saber dónde habían ido, no regresaban hacia atrás pero tampoco ingresaban en la vivienda. Un misterio.

En una noche congelada de invierno, que llovía de manera inmisericorde, tumbado debajo de las mantas y con sólo los ojos que le sobresalían del refugio climático, que una colcha nórdica culminaba, vio como detrás de los cristales de la ventana una sombra antropomorfa pasaba de un lado a otro, en ocasiones paraba segundos para mirarle con mayor dedicación. Decidió olvidar la figura que le importunaba y hacer por dormir. Al cabo de unos minutos que le parecieron muchos, lo consiguió.

Cuando se ponía a hacer colas, fuera en el cajero automático del banco, fuera en la entrada del metro o del cine, fuera en la piscina para saltar desde el trampolín, alguien siempre se le acababa colocando detrás. Pareciera que era para seguir la fila, pero él lo dudaba porque, aunque las personas eran diferentes en cada caso, resultaba sospechoso que todos le hicieran frases parecidas como: “¿Es usted el último?”; “¿considera que esto va a tardar mucho?”; “creo que le conozco de algo”; “perdone, pero yo llegué primero, lo que pasa es que he tenido que irme por una urgencia”; “¡allá adelante hay un caradura que se está colando!”.

Cuando paseaba por la avenida de bancos de sentar alineados en los laterales, todos le miraban y algunos le señalaban. Bien cierto era que poseía una guapura original, que lucía vestimentas muy personales acabadas en gorritos de colores para la nuca y que, a buen seguro, solía causar admiración para los hombres y deseo entre las mujeres. Pero tenía la sensación que alguno le observaba como de espía, albergando pensamientos poco halagüeños para él y advirtiendo detalles en su figura y en sus acciones que a los demás les pasaban desapercibidos. Y que los apuntaba.

En una fiesta de bailes para solteros de diversas condiciones y casados sin remilgos, llegó muy altivo para hacerse notar. Pidió a una hermosa señorita el primer baile. La tomó por el brazo y la cintura y se puso a darla vueltas sin soltarla. Todo al ritmo del bombo y el charly que, en la batería, marcaban el compás de la canción. Deslizándose por la pista, una mujer lo dejaba para que otra lo tomara y le siguiera con las vueltas dentro de la métrica sonora de los instrumentos orquestales. Así, enlazando dama tras dama y deslizándose, con el movimiento del baile, hacia el exterior del recinto, acabó en la calle y a la intemperie. La última lo lanzó por la puerta de salida de un empujón sutil, sensual al límite y lleno de buenos deseos para el resto de su vida porque le exclamó: “Que te vaya bien, ¡cerdo pedófilo!”. Era obvio que alguien le había hecho mala fama y que todo aquello había sido una conspiración fraguada por no sabía quién.

En un mes de otoño recibió una notificación para que se presentara en una comisaría de policía con todos sus documentos y papeles identificativos. De la comisaría lo llevaron al centro de los servicios de inteligencia del estado, donde le hicieron preguntas que todas sabía, como qué edad tenía, qué pie calzaba o cuál era su propósito en la vida al caminar hacia un lado o hacia otro. Además le inquirían ferozmente sobre si pertenecía, había pertenecido o pertenecería en un futuro indeterminado e ignoto a algún grupo subversivo de extremo estatus alto. Y aún tuvieron minutos para curiosear sobre sus lecturas preferidas, en concreto le demandaron si conocía la obra de un tal Rudolf Ying Huan y si la sabría recitar de un tirón empezando por su primera novela de adolescencia y acabando por sus últimos versos de decadencia extrema. Más tarde, de allí le llevaron esposado a un cine del centro para que viera una buena y afamada película de acción, se distrajera un poco y se olvidara de todo sin rencor. Se disculparon muy efusivamente y le pagaron la entrada de la sesión a cambio de que no explicara nada de lo sucedido o le mataban.

En una mañana de verano que fue al quiosco a comprar un diario de papel de los que ya no se leen. El quiosquero le preguntó, dicharachero, por si estaba al corriente del último caso de corrupción que afectaba al gobierno y que había sido titular de primera página el día anterior. Y esto ya no le gustó nada. Todo empeoró cuando, de vuelta hacia su domicilio, una niña le pidió unas monedas para comprar una chocolatina en el puestecito de dulces que había al doblar la calle. Las dos circunstancias eran detalles que parecían sin importancia, pero que, si se encajaban en una secuencia lógica, era obvio que tomaban un cariz inquietante para recelar.

Como consecuencia de tantos indicios y extrañezas, conjeturaba que alguien le perseguía, que era objeto de algún tipo de conchabanza cuya meta le era totalmente incognoscible e indescifrable. En ocasiones se tenía por un paranoico y ello le estremecía, porque la locura le aterraba más que ninguna otra posibilidad. Sólo de imaginar que su yo profundo fuera un demente, quería morir.

En una tarde de octubre que lucía el sol, sobre las catorce treinta, metió la llave en la cerradura, la giró con fuerza, faltaba lubricante, y, con las dificultades que ya eran costumbre, abrió la puerta. Como siempre, pasó a la sala en la que estaban los libros, el sofá, las butacas, las sillas, los taburetes, un piano que nadie hacía sonar y un viejo aparato de televisor. Pero, aquel día, en el sofá, despatarrado, había un tipo sumamente seguro de sí mismo tomándose un whisky sin hielo en una copa de champagne, no de las planas y abiertas, sino de las otras, más altas y convexas.

Por fin parecía que todo estaba llegando a su conclusión y el misterio podría desvelarse. Por ello, él no se sorprendió ni hizo aspavientos ni movimientos con intención de agredir al extraño o de huir de súbito por la ventana. Se sentó tranquilamente a su lado en el asiento más próximo y le preguntó: “¿Qué haces aquí?”.

El intruso era un hombre blanco y ancho. Vestía traje gris marengo y corbata a rayas, se supone que para evidenciar la elegancia. Llevaba los labios pintados con un leve toque, casi imperceptible, de rojo carmesí para incrementar su enorme glamour. Se notaba que no era europeo pues hablaba un dialecto indoiranio perfecto, sin rastro de acento exótico.

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