APÓLOGOS, LEYENDAS Y MITOCRÓNICAS

RELATOS I

2. El destino de los elegidos

Ardan y Parko fueron dos hermanos mellizos nacidos en una familia turcomana y criados en el lejano valle de UrGo, una depresión horadada en la falda con mayor pendiente del monte UtaK.

En una incursión de las tropas del sultán de Egipto, los soldados mataron a los padres y al abuelo materno para llevarse a Ardan con la intención de convertirlo en un guerrero mameluco sabio, valeroso e invencible, como lo eran todos los guerreros mamelucos arrancados, cuando niños, de los brazos de sus familias.

A Ardan lo juzgaron como bello y fuerte, a ParKo lo despreciaron por narigudo, nada agraciado y algo enclenque y, por ello, le dejaron en el valle de UrGo para que creciera con una existencia salvaje, en compañía de gentes primarias, iletradas, míseras y groseras.

Los mamelucos, que fueron consecutivamente esclavos, libertos, aristócratas y finalmente sultanes, eran diestros estrategas militares y maestros en las artes de la guerra a caballo, el arco y la espada. Como resultado, se hicieron con el poder en los sultanatos del Oriente Mediterráneo. Tantas fueron sus victorias que ya no las contaban y su imperio se extendía sin límites hacia los extremos.

Consideraron la aparición de las armas de fuego como una anomalía nefasta del destino. Eran para ellos armas sucias, hediondas, estruendosas y propias de asustadizos y cobardes. Nada en común con los guerreros pulcros adiestrados en el cuerpo a cuerpo y la mirada directa a los ojos del enemigo al que dar la muerte o del que recibirla. Los mamelucos despreciaron los arcabuces y los cañones y se siguieron presentando en la lucha como en siglos lo habían hecho, pues por siempre habían vencido como valientes y arrojados y por siempre vencerían de idéntica manera.

En la batalla de Raydaniyya, a pocos paseos de El Cairo, los arcabuceros del ejército imperial otomano, antes de que los mamelucos se acercaran, les descabalgaban de sus caballos malheridos o muertos a base de fogonazos de pólvora y bolas de plomo que les atravesaban las armaduras y los esqueletos. La sangría fue desgarradora.

Ardan murió en la batalla, cabalgando y aferrado a su espada mientras se lucía haciendo con ella filigranas malabares que, aunque del todo inútiles, creía que impresionaban al enemigo. Parko se hartó a disparar y a matar mamelucos que caían como muñecos de trapo. Nunca tuvo conciencia de haber destrozado el cuerpo de aquel hermano que vagamente había quedado en su memoria y al que siempre adoró envuelto en una imagen melancólica e idealizada.

Parko y Ardan en un encuentro que nunca pudo ser

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